¡Ah, sí! ¡Los castigos!
Están los castigos autoinfligidos, los del autoboicot. Esos en los cuales una le pone trabas a su propia felicidad. ¡Hay tantos de esos! Nos obligamos a hacer cosas que no queremos, nos impedimos decir lo que nos da la gana... Tememos equivocarnos si seguimos nuestro propio impulso pero cuando al fin constatamos que la naturalidad es siempre lo mejor, a veces es tarde. ¿Por qué no decirle que la quieres? ¿Por qué no pronunciar todas esas palabras que revolotean en torno a su cuerpo, a su mirada, nuestra cama? No le digas que la necesitas, no le digas que es la primera, no le digas que ya no sabes cómo te las apañabas antes para vivir sin ella. No se lo digas porque la vas a asustar, porque se sentirá excesivamente halagada, porque te verá como a un perrito con sarna. ¿Y por qué coño no decirlo? ¿Por qué callarse lo que se siente, por qué no leerle todos los poemas que hablan de ella? Porque nos han educado para la represión.
Luego están los castigos que te infligen los demás, y, entre estos, cabe diferenciar los que se aceptan con sumisión, con gusto o delirio de los que se rechazan y llaman a la rebelión. Cuando te has decidido por no reprimirte, cuando le has dicho que la necesitas, que es la primera, que no sabes cómo te las apañabas antes para vivir sin ella, entonces es cuando ella se va de tu lado, no yéndose, sino huyendo.
Y vuelves atrás y piensas si no será mejor aplicarse la pena una misma en lugar de esperar a que el castigo sea mayor y la bofetada le duela de verdad a ese extraño que es el yo.
Maldita Dragona, no es fácil lidiar con tus siete cabezas pero la lucha merece la pena.
martes, 20 de enero de 2009
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