miércoles, 30 de julio de 2008
A veces parpadea muy rápido y otras muy lento. A veces, finge tener algo en el ojo que le permite aletear hasta hacerme creer que es una mariposa. Otras veces, fija la mirada en la mía como si nunca más fuera a necesitar pestañear. Me mira mientras me toca, me obliga a tener conciencia de lo que ocurre, me deja atrapada en la oscura red de nuestro tormento cotidiano. Quiero disfrutar y no puedo: se irá sin dejar rastro. ¡Que se vaya! Yo no pido nada. Nunca le pedí nada. Me lo dio todo sin preguntarme si lo quería, sólo porque sabía que yo estaría ahí para recogerlo. Yo no le pedí que se metiera en mi cama, no le pedí que me pusiera nombres, nunca deseé más de un polvo. Pero ella dirá "si yo no hice nada..." mientras la observo atónita. El deseo oprime la garganta y la boca del estómago. No se le puede dejar ahí.
Que sí que no
La situación es complicada. Morimos por estar la una con la otra, pero nos lo impedimos porque nos da más morbo. Muy a menudo, el morbo se torna dolor. La miro y sólo sé que quiero irme a casa con ella, ¿a qué estamos jugando? Sin embargo, ahí estamos, fingiendo que discutimos, fingiendo que conversamos, fingiendo que no nos importa que la otra esté o no ahí. Se va en el coche de su novia y pienso que todo es mentira. Pienso que ella es la copiloto más infeliz del mundo, que se lamenta cada metro que avanza en dirección contraria a la mía, que está en un profundo error del que no quiere salir. Pero, ¿y yo? ¿Me atrevo?
Ya me he atrevido. Estoy aquí por ti, maldita dragona.
Ya me he atrevido. Estoy aquí por ti, maldita dragona.
lunes, 28 de julio de 2008
Inaugurando
Este blog nace de la necesidad de hablar.
Yo tenía una carrera y unas aspiraciones. Tenía una pareja, una casa y una tostadora de la que cada mañana salían tostadas calientes. Tenía un balcón a la calle, mis noches de insomnio (las menos) y mis noches de beatitud (las más). Una bicicleta, un barrio, mis puestos del mercado favoritos.
La hermosa Dragona Clandestina irrumpió en mi cabeza y me cambió el nombre. No fue cosa de un día. Inoculó su veneno en mí y me hizo desearla hasta olvidar mi nombre. Lo fui perdiendo todo. Abandoné cuanto era cierto para quedarme con ella en el mar más inestable, me subí al islote desde el que ella me cantaba y no me tapé los oídos. Lo hice a propósito. No defendí mis posiciones. Quería irme con ella: el naufragio era mi mejor opción, no se puede estar siempre a flote. No resistí ni una de sus llamadas, no fingí jamás no quererla. Ligera de equipaje al fragor de la batalla que se libra cada tarde en el ring de mi cama. Sé que me arrepentiré pero no tengo miedo. Sé que no hay nada fuera de su boca.
Yo tenía una carrera y unas aspiraciones. Tenía una pareja, una casa y una tostadora de la que cada mañana salían tostadas calientes. Tenía un balcón a la calle, mis noches de insomnio (las menos) y mis noches de beatitud (las más). Una bicicleta, un barrio, mis puestos del mercado favoritos.
La hermosa Dragona Clandestina irrumpió en mi cabeza y me cambió el nombre. No fue cosa de un día. Inoculó su veneno en mí y me hizo desearla hasta olvidar mi nombre. Lo fui perdiendo todo. Abandoné cuanto era cierto para quedarme con ella en el mar más inestable, me subí al islote desde el que ella me cantaba y no me tapé los oídos. Lo hice a propósito. No defendí mis posiciones. Quería irme con ella: el naufragio era mi mejor opción, no se puede estar siempre a flote. No resistí ni una de sus llamadas, no fingí jamás no quererla. Ligera de equipaje al fragor de la batalla que se libra cada tarde en el ring de mi cama. Sé que me arrepentiré pero no tengo miedo. Sé que no hay nada fuera de su boca.
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