miércoles, 30 de julio de 2008

A veces parpadea muy rápido y otras muy lento. A veces, finge tener algo en el ojo que le permite aletear hasta hacerme creer que es una mariposa. Otras veces, fija la mirada en la mía como si nunca más fuera a necesitar pestañear. Me mira mientras me toca, me obliga a tener conciencia de lo que ocurre, me deja atrapada en la oscura red de nuestro tormento cotidiano. Quiero disfrutar y no puedo: se irá sin dejar rastro. ¡Que se vaya! Yo no pido nada. Nunca le pedí nada. Me lo dio todo sin preguntarme si lo quería, sólo porque sabía que yo estaría ahí para recogerlo. Yo no le pedí que se metiera en mi cama, no le pedí que me pusiera nombres, nunca deseé más de un polvo. Pero ella dirá "si yo no hice nada..." mientras la observo atónita. El deseo oprime la garganta y la boca del estómago. No se le puede dejar ahí.

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