La situación es complicada. Morimos por estar la una con la otra, pero nos lo impedimos porque nos da más morbo. Muy a menudo, el morbo se torna dolor. La miro y sólo sé que quiero irme a casa con ella, ¿a qué estamos jugando? Sin embargo, ahí estamos, fingiendo que discutimos, fingiendo que conversamos, fingiendo que no nos importa que la otra esté o no ahí. Se va en el coche de su novia y pienso que todo es mentira. Pienso que ella es la copiloto más infeliz del mundo, que se lamenta cada metro que avanza en dirección contraria a la mía, que está en un profundo error del que no quiere salir. Pero, ¿y yo? ¿Me atrevo?
Ya me he atrevido. Estoy aquí por ti, maldita dragona.
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