La mirada imprecisa,
el trazo concreto,
mi cuello marcado por sus yemas.
¿Un gemido o un lamento?
Un aullido antes del último portazo.
-Siempre te vas.
-Tengo que.
El sueño dulce,
el dolor de mandíbula,
la placidez mezclada
con esta broma de mal gusto,
con la pérdida,
con el descaro,
con tu piel fantásticamente extranjera.
Todo me es absolutamente
irrenunciable.
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