En un juego imposible de luces y sombras, los rayos de sol daban un resultado nuevo. El vello finisímo era blanco sobre una piel ardida por mi insistencia. Las mejillas enrojecidas por un rubor obsceno diciéndome "eres tú". Las pestañas abanicando la tarde. El dolor latente envolviendo su cuerpo en un halo misterioso.
Tienes a alguien enfrente y no sabes quién es. Dudas de si ya te has convertido en ella. Quizá vivas en algún recoveco de su regazo. No sería tan extraño descubrir que llevas varios meses sin aparecer por casa porque te has instalado en su cuello, no sería tan extraño levantarse una mañana y verse en el bolsillo de su pantalón esperando una nueva señal. La miras tan intensamente que ya no sabes de quién son los ojos. Lo miras todo como si fueras otra persona, te has desposeído. Habitas otro ser sin pretender volver jamás. ¿A dónde quieres volver, si para ti no hubo más que amarla, siempre?
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