La muerte se siente los jueves por la tarde cuando el sol se ha puesto. Sales de la ducha y la noche ha caído sin avisar. El día es una vida que se muere a esa justa hora si no la resucita algo. El teléfono se convierte en el reino de los cielos si suena. Si no, algo mucho más insulso que el infierno crece en la boca del estómago. La pérdida de interés por la vida se hace, en ese momento, total. ¿Qué hacemos los vivos? Esperamos estúpidamente a que esa hora maldita llegue. Nos sentamos en el autobús y nos bajamos todos en la misma parada. ¿Qué valor puede tener haber hecho el recorrido de una u otra forma, a una velocidad u otra? Sólo importa que la línea muere ahí, que aunque lo haya, no hay mañana sino repetición. Que la interrupción es sólo una fantasía y la diferencia una invención francesa.
Pongo mi vida al abrigo de otro cuerpo porque yo sola no puedo sostenerla. No podría tolerar su inexorabilidad y necesito que alguien más la contenga, la recoja y la acoja para que a mí se me pueda olvidar que existe. Pero el otro cuerpo devuelve la mirada. La vida, mi vida, rebota y me es devuelta para que la gestione. La vida me vuelve una y otra y vez en tardes de jueves y mañanas de domingo, después de colgar el teléfono sin decir adiós.
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